Una Vez Más



Me ha asaltado una verborrea incesante, la que le falta a mi hermano desde hace un tiempo sumada a la que no tuve hasta antes de ti. Soy una comparsa gris en medio de un carnaval, el más notable aún sin luces ni brillos.

Una luciérnaga, que lenidad más grotesca sería tan sólo sentarse y vivirla un segundo de contemplación. Que gloriosas vestiduras, que luminiscencia divina e irrepetible (Mientras tras de mí dos jóvenes se besan con sabor a rutina), se acerca inocente a mis dedos celadores y obsesivos.

Debo dejarte vivir, revoloteando sin rumbo sobre mi frente, libre de tomar tu silencio enamorado y llevarlo fuera de mí, y es que en estas vidas nuestras mi figura no significa más que una tormenta indómita.

Una sonrisa, es ella, la mujer que hace de mi nombre una canción cuando lo pronuncia cada noche antes de que, inmaterial, me cuele entre sus sábanas para custodiar celoso sus sueños. Una mirada, es ella, la ninfa de las flores, la dulce impetuosa que desató mis labios una noche de Marzo, entre bendiciones capitales y pecados de sal olvidada. Protégeme de ti, de tu inmensidad angustiante, de la ausencia que siembras en medio de las tenebrosas manos de la penumbra fría y desconsolada, y es que tu extrañamente coincidente lejanía es como una hoja de escarlata y naranja que acaricia mi pecho con expresión perturbadora y desdichada para luego desatar en mí la locura que significan tus besos.

Dulce verdugo, ¿qué ingrediente aliña tu extraño sabor a espiga interminable?, ¿quién parió la estrella que ilumina tu ser impetuoso e indescriptible?

Besa mi frente, márcala con tu nombre para siempre.

Lo que Sea



Me he permitido volver un poco hacia atrás, a mi pesimismo habitual, a mi esencia profunda, esa que ha aflorado tantas veces aquí y que me hace pensar en una vida menos que gris, pero con ese sabor de penumbra que es tan dulce.

Vamos ya, es decir, volvamos ya.

Duele el frío, más que ayer, mucho más que ayer. Dos o tres suspiros revelan hiperrealistas que una bocanada de aire es un segundo menos de vida, un segundo menos antes del final de mis días. Siempre lo he sabido, ¿pero por qué lo ignoro?, ¿por qué continúo ciego hacia ese destino irrevocable? ¿Por los demás? ¡Qué estupidez!, no soy un filántropo por antonomasia, eminente prospecto, una vez más. De esos que confunden, que perturban, que no aseguran ni el cielo ni el infierno, sólo esa exasperante realidad que ni siquiera lo es, que no es más que la conjetura de aquella innombrable mujer que ve la vida con la entereza insular que heredó de su sangre. ¿Y qué hay de mí, de mi cuerpo y mi autodestructiva forma de existir?

Duele ver que no existe futuro ni luz en lo cercano. No quiero esta vida, quiero aquella que escapa desesperada de este entorno corporal y enfermizo. Te quiero aquí, en la cabeza de Arauco, vestida de violeta y con tus ojos de loca expresividad. ¡De nuevo!, esa pataleta infantil.

Estás conmigo, pero el amor no es conformista.

Lo sé, ¡cállate! Y es que en el silencio de mi conciencia renace todo lo que odias de mí. Lo sé, ¡cállate!

De vuelta, ¿me ves? Y me propuse olvidarte mientras escribía.

Es injusto, lo sé, evocar tu alma pura a mi desdichado pesimismo, como queriendo llevarte, egoísta y obsesivo, a hundirte en mí de manera irrevocable y olvidada. Es injusto y me hace sentir inmundo el hecho de evocar tu figura gloriosa en medio de mi adictiva manera de hundirme en el vacío. Silencio, sabes que eres mi vida, mi néctar irrepetible. Pretendo ser la fuerza de tu corazón, pero también caigo, también tropiezo, también me odio, también pienso en acabar con todo.

Es injusto cuando eres tú quien me salva de la soga y el veneno. Esta noche no, no podré bendecirte, porque mis labios están amargos de llanto, porque mis ojos son el reflejo de una luna de sangre.

Duerme, sueña con ese mundo en el que nunca existí, en el que sonreías sin que te lo pidiera y tu corazón estaba colmado de pequeños afectos dulces y libres. Sueña con ese mundo en el que nunca nací, en el que eras una luciérnaga eterna que revoloteaba en la niebla. Hazlo hoy porque mañana volveré, a amarte sin vida y sin corazón, como ama sólo aquel que todo lo ha entregado y que nada espera ya.

Duerme, sé que fui injusto, pero soy frágil a veces, más de lo que imaginas.

No quiero continuar, no quiero seguir pensando en mi vileza y en tu inocencia.

Silencio, no oigas mi corazón triste, mañana volveré con un latir nuevo y tuyo y lo sentirás porque tuyo es mi pecho, y lo vivirás con un sabor nuevo, el que desterró la liberación.

Libertad




Mírame, no tengas miedo de mi aura, es alba para ti, es pura, nueva.

La espera en ti es dulce, como dulce tus labios que no he besado, como dulce es tu piel de aire y manantial. Mírame, no tengas miedo, eres libre ahora, de volar con mis alas, de besar los pétalos voluptuosos de niebla y almíbar. Eres libre de tomar mis manos, de mirarme a los ojos, de vestirte de versos y conquistar la selva y la marea, el universo y la vida.

Aquí estoy, como tu sombra y tu silencio, como quien vigile tu silueta cuando te vayas de aquí. Yo seré quien te espere en la vistosa soledad, en las luces y el destierro, en el amor y las columnas del tiempo.

Mírate como yo te veo ahora, libre, tan libre como el pensamiento, libre, tan libre como el verso nuevo, como la más tenue suavidad.

Mírate en medio del universo, eres sólo tú, viva y poderosa, eres la gloria del final y la magia del alumbramiento.

¿Ves?, ya no basta mi verso, ya no basta el silencio. Tú, en las manos del destino, del destino que dibujó tu mirada y tu aura de nieve inmortal.

Ya todo lo sabes, eres libre, como lo quiera tu corazón.

Mírame a los ojos y vete ya. No olvides que siempre estaré allí, siempre aunque no te guste así.

La vida no le pertenece a nadie más que a ti.